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Declaración de artista




Eduardo Galeano dijo que el mundo era un mar de fueguitos. Quizás sea cierto, pero también somos un océano de ausencias que nos van dejando cicatrices. Creo que, en el fondo, somos la soledad que queda después del abandono. De eso habla Los pájaros no cantan canciones de amor, de la soledad que queda tras


la partida y de la forma en que, con nuestras cicatrices y cargas a cuestas, buscamos un lugar en el mundo.

Como los pájaros, aún heridos, no nos queda otra opción más que intentar volar.

La primera vez que me crucé con la idea de Samaguán fue por un cuadro de Pedro Ruíz, un pintor bogotano que llena sus obras de piraguas. ¿De dónde venían? ¿Hacia dónde iban sus barqueros? Escribí, en 2017, un pequeño texto que trataba de dar respuesta a algunas de esas preguntas, pero aquello me generó más dudas que certezas. ¿Cómo sería la vida en aquel pueblo? ¿Cuál era la historia de la mujer que aparecía en la primera escena? ¿Cuál la de aquel judío que soñaba con ser florista? Aquellas preguntas me han perseguido una y otra vez y, sin proponérmelo, se volvieron como aquel río que fue inundándolo todo.

Mucho ha cambiado desde aquella primera idea. Los pájaros fueron haciéndose presentes poco a poco (asunto normal, pues el agua suele atraer a las aves), y trajeron con ellos a otros personajes e historias que se van desenvolviendo a su propio ritmo. Siguiendo la provocación de aquel primer escrito, Los pájaros no cantan canciones de amor presenta textos independientes que se van tejiendo unos con otros, lentamente, hasta construir un universo entero. Propongo leerlos en un orden particular, pero quizás la suerte del lector quiera buscar en ellos otro orden. Ambas lecturas serán bienvenidas, pues el río nos recibe a todos.